El Monte se ha convertido en pocos años en una de las bodegas más importantes de Moriles. En gran parte, gracias a su joven propietario Antonio López quien mima a la uva desde el viñedo, pasando por su vendimia y por supuesto en su crianza en bota.

Hace unos días visité en Moriles las Bodegas El Monte de la mano de su propietario, Antonio López. Antonio es un joven que regenta la Bodega desde hace cuatro años, siendo la tercera generación. Él le ha dado mucha visibilidad a la misma, aportándole una nueva imagen y prestigio. Estas bodegas están situadas en una zona privilegiada de Moriles, ya que se encuentran en pleno Moriles Alto colindando con la mejor y más alta zona de viñedos de todo Moriles, lo que es conocido por el Majuelo y donde tienen la mayor parte de sus viñedos. Cerca pero un poco más retirado se encuentra el Lagar de los Naranjos que da nombre a uno de los grandes finos de esta casa.

Lo primero que conocí fueron sus viñedos – como he dicho anteriormente – junto a la misma bodega. La loma donde se sitúan es en su totalidad de tierra albariza de gran calidad siendo más blanca a medida que subes a la cima. En el punto más alto, Bodegas El Monte posee  un Candelecho, una superficie en altura y techada que servía antiguamente para vigilar toda la viña. Era como una especie de torre vigía. La persona encargada de esta labor era el viñador “viñaor”. Este alertaba a los señores o los dueños del Lagar de la entrada de intrusos en el viñedo. Pues desde allí se puede contemplar todo el viñedo que rodea a la Bodega con Moriles como horizonte cercano. Desde aquel punto, privilegiado sin lugar a dudas, Antonio López me explica que la vendimia en el Lagar del Monte la realizan mediante un remolque de tan solo mil kilos que va recorriendo cada una de las calles – o líneos – de la viña junto a dos o tres vendimiadores y que una vez que está completo – con la uva sin amontonar en exceso – va a la planta de vendimia. Mimando así a la uva, Bodegas El Monte asegura que su uva llega con una excelente calidad al Lagar. Asegura que es el método más eficaz que conoce y por eso El Monte vendimia de esta manera. En total Bodegas El Monte posee 28 hectáreas de viñedo, principalmente de la uva predominante en la Denominación de Origen de Montilla Moriles: la Pedro Ximénez. Las vistas desde el Candelecho son realmente extraordinarias pudiéndose apreciar perfectamente como las calles de las viñas se pierden en el horizonte, entremezclándose con los olivos, también muy abundantes en esta zona del sur de Córdoba.

Una vez ya en el Lagar, Antonio López cuenta que cuando llega la uva, cae el remolque de unos 1000 kg en el lagar, que va moliendo y va desvinando en la prensa neumática. En esta prensa neumática la uva tiene una baja presión, en torno a unos dos kilos. Y se vuelve a dejar desvinando un poco más. El mosto yema se separa y el mosto por presión se unifica y pasan cada uno de ellos a unos depósitos de fibra de vidrio. Cuando cae la tarde, sobre las 20:00 horas o las 21:00 horas, todo el mosto diario almacenado – tanto el yema como el de presión – pasa a los depósitos de fermentación controlada externos que con las corrientes de aire y con la ayuda de un equipo de frío en temperatura controlada pues comienza este proceso, que suele ser sobre las 23:00 horas. La idea de Antonio López es que desde que entra la uva hasta que el mosto está fermentando no puede rebasar los 24, 25 grados. Y así conservar la calidad de la uva y del mosto posterior. En el Lagar se puede leer un cartel donde se especifica que la uva tiene que tener unos rangos de calidad especificados por la bodega, condición indispensable para Bodegas El Monte. Antonio explica que “pagamos la uva un poco más cara, pero esto lo hacemos para que el viticultor haga lo que nosotros necesitamos”.

Entrando en el casco de bodega el aroma a vino nos inunda todos los sentidos. Recorremos cada uno de los cachones de botas – piernas también llamadas en otros lugares – descubriendo diferentes soleras y criaderas. Antonio López venencia en mano me acompaña por la crujía central. Destapa una bota e introduce la venencia depositando el vino en un catavino con gran maestría – no en vano, Antonio López lleva siendo (si mal no recuerdo) seis años campeón del concurso de venenciador de Moriles. Me cuenta que lo lleva haciendo desde chico. Pero el arte a buen seguro lo llevaba ya en la sangre. Me muestra en primer lugar un vino. De criadera. Una de las más de 1000 botas que tienen en este casco de bodega. Es una criadera de lo que será en un futuro el Fino Los Naranjos. Con mucho sabor y claros toques a levadura. Seguimos avanzando y me da a probar de su venencia dos botas, una al lado de la otra. Dos botas de fino. Pero diferentes una de la otra. Ya de lo que sería la solera de Los Naranjos. Una joya de vino. Y aunque sea el fino más joven, tiene ya maneras.

Poco después probé lo que sería una criadera ya de Fino Cebolla. Su salinidad ya marcada me fascina. Me alucina. Y poco más tarde, pruebo una bota de solera de Fino Cebolla. Este fino me tiene absorto cuando disfruto de una copa. Toda la sal de su tierra mineral del cerro del Majuelo inunda el paladar e invita a seguir bebiendo. Y en este momento de placer vinícola, Antonio López cuenta mientras venencia que una bota de cualquiera de estos finos es la verdadera sabana africana de la crianza biológica. La explicación es sencilla. En la sabana los animales y la vegetación campan en libertad. En el caso del fino son las levaduras las que están en absoluta libertad, elaborando con su velo de flor un grandísimo placer al que llamamos fino y cuyo buque insignia de la casa El Monte se llama Cebolla.

Caminando por la bodega y apreciando cada bota, nos detenemos en el final de la bodega. Donde hay una bota en una andana a la que Antonio tiene que acceder en una escalera. Me cuenta que con ese fino que me estaba mostrando quería que hiciera un recorrido por toda Andalucía. Desde Cádiz hasta Almería, pasando por todas sus provincias. Y cierto es que con el aroma y su sabor, cierras los ojos y puedes ir pasando de provincia en provincia, deteniendo el tiempo y sumergiéndote en cada uno de los rincones tan solo con pequeños sorbos. Otra genialidad, sin lugar a dudas, de Antonio López. Para terminar la visita, pude probar un amontillado – vino que cría para consumo familiar – y que estaba realmente bueno. Daba cuenta de su larga crianza, diría que en torno a unos 20 años. Amontillado que, sin embargo, no logró arrebatarme el sorprendente sabor del Fino Cebolla. Un vino que llena de sabor y salinidad la boca y cuyo olor a levaduras y viveza permanece en la copa, incluso horas después de haber consumido el vino. Y esa experiencia vivida en bodega hace que cada vez que descorcho una copa de ese fino de 15 años, vuelva aunque sea por unos instantes, a recorrer esos rincones escondidos de la bodega del Lagar del Monte.

Estos días atrás hemos conocido que el famoso periódico norteamericano ‘The New York Times’ ha seleccionado al rebujito como la mejor bebida veraniega de todos los tiempos. Para quien no conozca el término rebujito le diré que es una bebida compuesta por un tercio de manzanilla o fino (vino de crianza biológica) y dos tercios de refresco de lima limón.

Aunque a priori es una buena noticia que sea una bebida compuesta por vino español una de las preferidas de los lectores de este rotativo estadounidense, me cuesta comprender cómo es posible que permitamos tal mezcla que infravalora un producto de tanta calidad. Es cierto que el rebujito hace vender muchas cajas de manzanilla o fino, principalmente en las ferias que se celebran sobre todo en el sur de España pero no podemos olvidar que lo que se está mezclando con refresco es un vino criado durante al menos 2 años – en el peor de los casos. Un vino procedente de un mosto envejecido en barricas de unos 500 litros, donde ha nacido un velo de flor que les ha permitido tener todas las características de estos vinos de crianza biológica. Vinos con una elaboración cuidada y mimada desde el momento de la vendimia de su uva palomino fino o pedro ximénez. Vinos que presentan un aspecto pálido, con una nariz y boca con personalidad muy destacada y un carácter único en comparación con el resto de vinos. Seguir leyendo pinchando en el siguiente ENLACE

La semana pasada tuve la oportunidad de conocer la viña La Sobajanera. Este viñedo está situado en el Pago Macharnudo Bajo lindando con Macharnudo Alto. Sin duda el Pago – zona de viñas – de Macharnudo es uno de los mejores del Marco de Jerez debido a su situación, su altura y la calidad de su terruño de albariza.

Macharnudo forma parte de lo que en términos vinícolas se conoce como el Grand Cru del jerez. Pues en este marco privilegiado se encuentra la viña La Sobajanera, propiedad en gran parte del viticultor Domingo Gil, quien es a su vez asociado de la cooperativa vitivinícola jerezana CoviJerez. Este viñedo forma un cuadrado con una casa (que fue entonces lagar) en el centro. De sus 5,5 hectareas de superficie tiene aproximadamente unas 4 hectáreas plantadas de vid, de las cuales la mitad pertenecen a Domingo Gil. Además gran parte de este viñedo está en pendiente, ya que la casa de viña se ubica en una de las lomas de este emblemático Pago. Todo lo plantado es la uva predominante del jerez, la variedad palomino Fino.

El nombre de esta viña tiene una curiosa historia. Como saben, antiguamente en los viñedos había un muchacho de unos diez o doce años que se dedicaba a ir a Jerez a por las comidas, a por el pan o por las cuatro cosas que necesitaran en el viñedo. Este niño era conocido como ‘el sobajanero’, es decir, el que surtía un poco a la finca. En esta casa, en lugar de haber un chico, había una chica que era algo muy poco común en la época. Por eso, en memoria de esta particular historia, se le llama desde entonces ‘La Sobajanera’.

En la  casa de viña, de principios del siglo XX, guarda y expone en todas sus paredes muchas de las herramientas utilizadas durante años atrás en el cultivo de la vid y el campo. Además en su salón principal, que hacía las veces de lagar, posee una prensa antigua de madera de donde se obtenía el primer mosto. Igualmente, cuando se acercan los meses de vendimia – agosto o septiembre según el año  – Domingo Gil asegura que sigue pisando uva con la familia más cercana, para elaborar el vino que cría en la pequeña sacristía de su casa de viña. En torno a unas 20 botas y medias botas crían todos los tipos de vino de Jerez, salvo el pedro ximénez y la manzanilla de Sanlúcar, en este viña La Sobajanera. También fuera de la casa – entre una pequeña casetilla y unas botas al aire libre – envejece unos 3000 litros de vinagre de Jerez.

Recorriendo el viñedo Domingo Gil explica que tiene como tres zonas de viñedo de diferentes edades. Junto a la casa nace el viñedo más joven de toda la finca. Unos pocos líneos con unos 3 ó 4 años. La mayor parte de las parras tienen una edad media de 40 años. Por su parte, en la parte más baja de la loma se ubican las cepas más viejas, de unos 60 años de vejez. Toda la vid está preparada de forma diferente, según el provecho que quiera alcanzarse con los diferentes líneos de viñedo. Esta preparación se realiza en la poda y determinará la forma en la que nacerá la uva para posteriormente ser vendimiada. Hay varios tipos de preparación en el Marco de Jerez. En este sentido Domingo Gil cuenta que el viñedo más joven de La Sobajanera está plantado a doble cordón. En doble cordón cada para tiene dos brazos y cada uno tiene varias yemas. Para comprender esto es importante saber que las yemas son los órganos de la planta donde se encuentran los primordios de brotación de las primeras hojas y de todos los racimos que pueda contener el futuro pámpano. Este tipo es el que utilizan la mayor parte del viñedo jerezano que hace la vendimia con máquinas, ya que se le saca mucha rentabilidad. Aunque La Sobajanera en su totalidad se vendimia de forma manual. Otro tipo que encontramos en este viñedo es a moflete que es que a la parra se le dejan varios pulgares con dos o tres yemas cada uno. Esto es una práctica que se utiliza cuando vas a arrancar la viña en poco tiempo. Porque este tipo estresa mucho a la planta y da más producción. Como parte del viñedo de la Sobajanera estuvo a punto de ser arrancado, se le preparó a moflete. Ahora se hace un moflete controlado. En lugar de darle varias yemas a cada pulgar – los pulgares son las ramas que salen de los brazos – Domingo Gil les deja uno o dos, para no estresar mucho al viñedo. Y otra parte de La Sobajanera está a vara y pulgar. Que es la forma tradicional de preparar el viñedo en Jerez. Y esto consiste en preparar el viñedo tan solo para un brazo de la parra. Ese brazo te da toda la producción un año. Y al siguiente año se prepara el otro brazo y así sucesivamente.

La zona más vieja de viñedo de La Sobajanera, como he comentado anteriormente tiene unos 60 años. Y Domingo Gil especifica que allí tiene unas cuantas parras en horquilla. Es decir, que no tienen ni hierro ni alambre. Está la planta suelta en el suelo. Por eso, cuando llega el momento de vendimiarse o ver cómo está, se le meten horquillas de madera para que aguante los brazos, que era lo que se hacía antes en toda la viña. Esta horquilla – nos cuenta Domingo – trajo al viñedo la termita, ya que estas horquillas eran elaboradas con pino de Cádiz. Y el pino sí tenía esta termita de la madera.

Y el resto de esta viña está en puesta real. Esto quiere decir que entre un líneo y otro lo que hay son unos 70 centímetros que es el ancho de un mulo, para poder labrar con el animal. Hasta hace poco – unos diez o doce años este viñedo se trabajaba con bestias. Actualmente, Domingo ha arrancado un líneo de manera que quede de forma, uno sí, dos no. Y la parte que se haría con tracción animal lo hace con una carretilla a la que llama la mulita mecánica. El resto del viñedo lo labra con un pequeño tractor de primeros del s.XX. Este tractor era propiedad de González Byass y fue uno de los primeros tractores de viña que tuvo la bodega jerezana en el Marco.

Caminando de vuelta a la casa de viña, Domingo Gil nos transmite la preocupación por la situación actual del Marco de Jerez que “se encuentra en un compás de espera. Con el cambio de la directiva del Consejo Regulador de Jerez a ver si entran nuevos aires y se le da otro enfoque al jerez. Evidentemente vender el producto que tenemos con calidad y como lo merecemos”. Domingo se lamenta de “que tenemos un producto muy bueno, con unas calidades excelentes, una producción muy buena y no nos sabemos vender. No puede ser una botella de vino tranquilo – del año – que cueste 20 euros la botella y un vino que se lleva cuatro o cinco años en vasija de roble americano te cueste 6 euros una botella”.

Ya una vez en la casa de viña pude comprobar la destreza de Domingo Gil con la venencia y probar una selección de los vinos de la casa. Que por cierto tenían una estupenda calidad. Especialmente un fino cuya solera podría rondar la edad media de unos 20 años. Oro viejo de color y un sabor potente a levadura lo hacía un vino para volver a deleitarse cuando se pueda. Igualmente un amontillado viejo de cerca de 30 años, potente y muy redondo. Así como los buenos vinos dulces de coupage que elabora, como un medium muy agradable que tuve la suerte de disfrutar.

En España hay vinos extraordinarios. De todos los tipos. Vinos que aportan infinidad de maridajes y que crean verdaderas experiencias enogastronómicas y que potencian especialmente el sentido del olfato y del gusto. Vinos fantásticos en todas las zonas, cada una de ellas con sus peculiaridades. Cada vino con su varietal. Con su maduración. Con su elaboración y su vejez. Su crianza. Vinos en definitiva, para nunca dejar de aprender. Vinos perfectos para saborearlos todo el año. Porque los vinos no son estacionales. No son de temporada. Son manjares al alcance de todos para beberlos en cualquier época del año y a cualquier hora del día. 

Empezando por los generosos que disfrutamos en gran parte de Andalucía (Condado de Huelva, Jerez, Manzanilla de Sanlúcar, Montilla Moriles, Málaga…). Los vinos generosos, especialmente la manzanilla o el fino no son solo vinos de feria. O los cream no solo son de zambomba (fiesta popular con villancicos y en torno a una candela encendida tradicional de la zona de Jerez de la Frontera y alrededores). Los generosos se pueden y se deben beber todo el año. Porque están buenísimos con cualquier tipo de maridaje y en cualquier época del año. Una manzanilla, un fino o un amontillado fresquito es un gran acompañante para el pescaíto frito que nos comemos en los chiringuitos de playa. O un oloroso para una buena carrillá, en cualquier época del año. Sin contar con el pedro ximénez o el moscatel que podemos tomar como un postre. Y a la hora que se preste. Prueben tomarse un fino a las 10 de la noche.  Y si es en una barra de un bar, y en compañía de amigos – con precaución por el COVID-19, mejor.  Seguir leyendo el artículo pinchando AQUÍ

Antonio Doblas es un autor de vinos. Un enólogo y bodeguero apasionado de Moriles. De los que han vivido toda su vida en torno a viñas, botas y venencias.

Antonio Doblas es un enamorado de sus vinos, a los que da su una personalidad muy especial. Porque él disfruta con intensidad el trabajo de bodega cada día. Es de los que vive en sus cascos y solo acude a casa para dormir. Y le viene de familia, porque es la tercera generación de bodegueros. Su padre y su abuelo ya lo fueron. Y él tenía muy claro desde joven cuál iba a ser su camino. En su andadura le acompaña su mujer, Lola. También de familia bodeguera siendo asimismo la tercera generación entre vinos de Moriles. Una prueba más de que la pasión y el entusiasmo en las bodegas tiene mucho que ver para criar vinos buenos y únicos como los de Bodegas Doblas.

El pasado sábado tuve la oportunidad de conocer en profundidad y de la mano de sus fundadores (Antonio y Lola) la Bodega Doblas. Doblas es una pequeña bodega situada en pleno corazón de Moriles. Su alma mater es Antonio Doblas, quien cuenta con viveza cada uno de los pasos dados con su bodega. Él y su mujer se hicieron con la actual ubicación en el año 2000 creando todo lo que tienen ahora. La fachada moderna y elegante da paso a un patio delantero donde en el mes de septiembre se monta una bien conseguida planta de vendimia. Allí mismo tienen el peso (para los camiones que transportan la uva) y ubican la maquinaria necesaria para despalillar, seleccionar la uva y prensarla con una prensa neumática. Su vendimia se realiza en los viñedos que poseen en Moriles Altos – la mejor zona de uva de la D.O. Montilla Moriles. Y también en otros viñedos de viticultores de la zona, a los que compran la uva primando la calidad. Un rasgo característico de Bodegas Doblas es que la uva – pedro ximénez – es transportada en cajas. Cajas que una vez descargadas son lavadas y desinfectadas para volver al viñedo. Y es Antonio Doblas quien dirige la vendimia. Cuándo tiene que vendimiarse qué viñas y cuánta cantidad. Separando los viñedos por rasgos similares para obtener vinos distinguidos.

Antonio Doblas junto a uno de los depósitos de fermentación de su bodega.

Esta digamos planta de vendimia tiene dos amplias salas anexas al citado patio de bienvenida. Entrando a mano izquierda, se encuentra una pequeña sala de techos altos donde se encuentran los depósitos de fermentación con temperatura controlada. Grandes depósitos de 50.000 litros que sirven para fermentar los blancos de Doblas. También tiene un tanque más pequeño, de unos 15.000 litros donde se fermentan los vinos de color. A la derecha del patio se encuentra otra de las salas donde está la prensa neumática y toda la maquinaria necesaria para el tiempo de vendimia. Y subiendo por unas escaleras en esa misma sala de techos altos, accederemos a la planta alta donde se encuentran las bocas de las vasijas donde cría el blanco de crianza de Bodegas Doblas. Destapando una de ellas pudimos contemplar el ancho velo de flor que cubría toda la superficie. Una belleza enológica de la D.O. Montilla Moriles. Antonio tomó la venencia y con respeto la hundió en el velo de aquella vasija para después con elegancia servir el vino en los catavinos que sostenía. Este primer vino es lo que en pocos meses se convertirá en Envero, el vino de tinaja de Bodegas Doblas. Un vino fresco, agradable pero lleno de personalidad con un retrogusto amargo muy característico.

Bodegas Doblas tiene dos cascos de bodega con unas 800 botas de roble americano que crían mayoritariamente vinos de crianza biológica, su verdadera especialidad. Y tiene tantas joyas que me es casi imposible no detenerme al menos brevemente para contarlas. Lo primero que pudimos probar de la primera bodega – también llamada la bodega vieja – es su vino en rama. Un vino de crianza biológica con unos 2-3 años de media que cría en estática y se rocía para conservar su flor. Un vino extraordinario con poca acidez pero con una profundidad y una redondez marcada pese a su juventud. Un vino turbio y con algunos restos de su velo de flor en el vino. Una verdadera joya de la bota a la copa. Algo que debería conservar Montilla Moriles ya que los vinos en rama son la verdadera esencia del vino que bebemos en la Denominación de Origen. Muestra toda su expresión en color, nariz y en boca. Espero que aquellos que defienden que todos los vinos tienen que filtrarse y ser brillantes reflexionen y no nos quiten la posibilidad de disfrutar vinos como los que defiende Antonio Doblas. Quien además mantiene sus vinos con el ph tal y como es de la uva y de la bota. Y ello destaca en la baja acidez de cada uno de sus vinos.

En la bodega vieja también pudimos probar otros vinos de crianza biológica. Como el Solera Fina de la Bodega. Un fino de unos seis años de crianza bajo el sistema de solera y criaderas que está espectacular. En nariz y en boca es todo sabor a levadura, muy seco y redondo. Un gran vino para maridarlo con lo que apetezca. Porque marida con todo. Pero, más allá de estas ya verdadera joyas enológicas, Antonio Doblas guarda en la bodega vieja cuatro botas espectaculares. También de crianza biológica. Dos de ellas, llevan siete años de crianza estática, muy poco rociadas, coincidiendo con el nacimiento de sus dos hijos: Antonio y Francisco. Y aunque estén una al lado de la otra y tengan la misma crianza y el mismo tiempo, son vinos completamente diferentes. Junto a estas botas, tienen otra que es, por así decirlo, su marca familiar. Una bota de su abuelo a la que llaman de los tres gritos. Un vino biológico ya de una tonalidad oro viejo que es realmente extraordinario. Incluso mejor que este, es otro vino de crianza biológica – que guarda en tan solo una bota – que da a probar solo el día de Nochebuena a una hora muy concreta.

Antonio Doblas venenciando el vino de la bota marca familiar.

También tuve el honor de probarlo. Su sapidez es redonda y está en el filo entre el fino y el amontillado. Sin duda, otra joya que ha sabido conservar en el tiempo Antonio Doblas, gracias a su pasión por sus vinos de Moriles. En esta bodega vieja también tiene dos grandes amontillados de los que os contaré en unos minutos. Pero antes, me detendré en una bodega trasera que ‘se inventó’ Antonio Doblas cubriendo una parcela a la trasera de la bodega. Allí, encima de las botas de vino en rama guarda medias botas de amontillado. Un amontillado de unos 15 años de crianza muy bueno. Subido a una escalera, Antonio demostró una vez su destreza con la venencia para servir unas copas de amontillado. Tiene un color ámbar claro y aunque posee claros recuerdos a su crianza biológica es un amontillado redondo. En aquella bodega también envejece algunos tintos en pocas y pequeñas botas de roble francés y americano.

Antes de volver a la bodega vieja, subiendo por una escalera llegamos a la primera planta donde encontramos una sala de visitas – o de catas, donde pueden celebrarse almuerzos. Llama la atención un gran ventanal donde poder observar en altura la bodega vieja. Volviendo a la misma, Antonio y Lola nos enseñaron un artilugio creado por el propio Antonio. Una herramienta de bodega que más allá que dejarla de adorno o recuerdo, la ha convertido en una mesa camarera con ruedas para transportar lo que haga falta por la bodega. Sin duda, una idea genial. Y allí, después de un recorrido fascinante por la crianza biológica y habiendo probado un amontillado de 15 años, Antonio Doblas nos da a probar un amontillado de unos 25 años – lo que en Jerez conoceríamos como un VOS – sencillamente espectacular. Pese a su tonalidad ámbar, tanto su nariz como su boca da cuenta de su larga crianza. Este amontillado es conocido en el mercado y se llama Amontillado Doblas, viejas soleras.

La cata finalizó por lo que puedo denominar la joya de la corona. Bodegas Doblas guarda el amontillado de más de 20 años en unas botas algo más pequeñas al fondo de una de las calles de la bodega. Pues la última de esas botas, esconde un amontillado con una edad media muy superior. En torno a unos 80 años de crianza. Un amontillado ya de una tonalidad caoba, que es todo aroma y sabor. De los que te lees un libro completo oliéndolo sin haberlo probado. Un amontillado que en pocos minutos había inundado aquel espacio de la bodega de su olor. Un espectáculo maravilloso cuidado con mimo por un gran bodeguero.

En definitiva, Bodegas Doblas es una bodega de vinos de autor. Únicos y personales y muy especiales. Desde el más joven, al más viejo. Vinos que dan cuenta de todas las bondades que nos ofrece Moriles. Y Antonio Doblas sabe hacerlos. Porque tiene el ingrediente fundamental. La pasión. La pasión por Moriles. Por su esencia. Por sus vinos. Y su pureza. Y así, nos hace felices a quienes tenemos la suerte de probarlos.